Edgar Allan Poe, el padre del terror.

Edgar Allan Poe, el padre del terror.

Fue el fundador del género policial, el precursor de la ciencia ficción, el primer genio del terror. Durante su vida, sin embargo, su literatura fue criticada por sus pares, que se negaban a reconocer su genio. Murió solo y olvidado. Hoy está considerado el padre del cuento moderno.

Noche del 3 de octubre de 1849. Baltimore. Estados Unidos. Invierno. El mango dorado del bastón brilla en el barro. Cerca, su dueño agoniza y, más allá, en la taberna, el mundo sigue andando. Lejos, en cambio, las luces de la ciudad buscan el infinito por Lombard Street. Desde el piso, él quizás aún las vea. Tal vez ignore que está muriendo. Tal vez piense que éste es apenas otro de esos profundos sueños que, en tantos cuentos, comparó con la muerte. Tal vez piense —quién sabe— que una vez más, en horas, despertará con vida por la mañana. Y así, entre la certeza y la duda —quizá escuchando, de tanto en tanto, una risa, unos tacos, algún carruaje que pasa— se irá apagando hasta que más tarde, al alba, lo encuentren sin documentación, sin dinero, casi sin vida, y lo lleven al Washington Collage Hospital. Sobrevivirá otros cuatros días. Nadie lo reconocerá, y el 7 de octubre, entre visiones y delirios, solo, enfrentará el final.

Mucho se escribió y se dijo sobre su muerte: desde una violenta trifulca en la taberna con viejos amigos hasta una elección política tras la cual, luego de usarlo como votante, lo emborracharon y dejaron allí tirado. Sólo su muerte es cierta, esa muerte que funda su leyenda y pone en marcha el reconocimiento que antes —por ignorancia o envidia— no le brindó su tiempo. Creador del género policial, precursor de la ciencia ficción, genio del terror, padre del cuento moderno. Edgar Allan Poe marcó, con sus innovaciones estéticas, un nuevo rumbo en la literatura mundial sobre la cual hoy, 150 años después de su muerte, aún se cierne su sombra.

Hijo de actores pobres, había nacido cuatro décadas atrás en Bostón, el 19 de enero de 1809. Como un hilo oscuro que una y otra vez cruzará su vida, el abandono hace su primera irrupción en 1910: su padre deja a su familia. Poe tiene tan sólo un año; su hermano William, tres; su hermanita Rosalie, apenas semanas. Poco más tarde, en 1811, el segundo abandono: su madre, Elizabeth, muere tuberculosa a los 28 años en el sur del país, donde realizaba una gira con una compañía de teatro. A pedido de su esposa, John Allan, un rico comerciante escocés, acepta adoptar a Poe. Tras una primera estadía en Richmond, los Allan se radican luego en Escocia; después, en Inglaterra. Allí el escritor inicia su educación en colegios de gran nivel.

En 1820 la familia regresa a Estados Unidos y Poe comienza a escribir poemas; muchos más, tras conocer a Helen Stanard, madre de un compañero de estudios de quien, platónicamente, se enamora por poco tiempo. Una vez más, el abandono irrumpe en su vida. Helen enloquece y muere.

Terminada la secundaria, a los 18 años Poe ingresa a la Universidad de Virginia, en Charlottesville. Estudia Derecho y, sin éxito, publica su primer libro, Tamerlan y otros poemas, con el seudónimo “Un bostoniano”. En 1828, el abandono otra vez: muere France, su madre adoptiva y protectora. Su padrastro entonces, blanquea su ingratitud y se niega a pagar las deudas que su hijo contrajo en el juego. Ofendido Poe deja la casa de Richmond y se alista en la academia militar de West Point, en el fuerte Moultrie, en Carolina. Permanece allí entre 1830 y 1831 cuando, harto de la milicia, se hace expulsar. En el último tiempo ha publicado, además, otros dos libros —Al Aaraaf y Poemas— y el éxito continúa sin tocarlo.

Solo, sin apoyo, con 22 años, embarcado ya en el lento suicidio del alcoholismo, llega finalmente a Baltimore, a casa de su tía Marie Clemm, con quien vivirá hasta su muerte en casas alquiladas de Filadelfia, Boston y Nueva Cork. Por esa época, las revistas literarias —en franco crecimiento— comienzan a pagar pequeñas sumas a cambio de escritos inéditos. Dispuesto a vivir de ello, en 1832 Poe escribe su primer cuento, Metzengerstein, y en 1833 obtiene el premio Baltimore Sunday Visiter por su relato Manuscrito hallado en una botella. Desde entonces colabora asiduamente con varias revistas, a las que vende por muy poco dinero —800 dólares al año— cuentos, ensayos, y poemas que hoy valen fortunas y cuyos originales ahora están celosamente guardados en el edificio Thomas Jefferson de Washington: Los crímenes de la calle Morgue, El gato negro, El pozo y el péndulo, El escarabajo de oro, La caída de la Casa Usher, El corazón delator.

Tras casarse en 1836 con su prima de catorce años, Virginia Clemm, publica uno a uno y en distintos medios los relatos que en 1839 agrupará en el volumen Cuentos de los grotesco y lo arabesco. Antes había aparecido su novela corta Aventuras de Arthur Gordon Pym y se había ganado, al menos, el respeto y la consideración de sus pares, muchos de los cuales comienzan, no obstante, a criticarlo.

En los ensayos y textos críticos de Edgar Poe abundan giros como “se me objetará que”, “digan lo que quieran los señores Mill y Bentham”, “digo en cierto modo porque…”. Poe se sabía expuesto, perseguido, tácitamente odiado, bajo la lupa de quienes saldrían a humillarlo y a objetarle el más mínimo error. Sin embargo, bien sabían todos, y él también, que ese odio —esa atención— era, la mayor de las veces, secretas formas de admiración no aceptada. Cuesta olvidar, por eso, las palabras de New Cork Tribune del 8 de octubre de 1849: “Edgar Poe ha muerto —anunció—; esta noticia sorprenderá a muchos. Pocos, en cambio, sentirán dolor”.

Lejos hoy de aquellos rencores y envidias, importa en cambio otro proceso, más íntimo, que se gestó también durante esos años: el creciente interés de Poe por los problemas formales del cuento. ¿Qué exige un lector? ¿Por qué, de pronto, abandona la lectura? ¿Se predispone de distinto modo frente a una novela que frente a un cuento? ¿Qué distingue un género de otro? A cada una de estas preguntas encontrará una respuesta y las volcará en dos ensayos que sientan las bases del cuento y también de la poesía moderna: su artículo sobre su contemporáneo, el escritor Nathaniel Hawthorne y el famoso Método de la composición en el que, paso a paso, como una operación matemática, explica el modo en que escribió El cuervo, uno de sus más celebrados poemas.

Desde el inglés Rudyard Kipling a Jorge Luis Borges, pasando por Horacio Quiroga, o su notable traductor castellano, Julio Cortázar, estas teorías de Poe fueron atendidas por todos los grandes cuentistas y poetas que le sucedieron. Con El cuervo y otro poemas, en 1845 Poe finalmente recibe algo del reconocimiento que merecía. El poema narra el dolor de un hombre cuya mujer ha muerto y al que un cuervo, ante cada pregunta, le responde, indefectiblemente, “never more” (nunca más). Poe lo escribió en 1845; Virginia, a su lado, agonizaba víctima de tuberculosis. Dos años más tarde, en lo que para él fue el más letal de los abandonos, Virginia muere. La escritura, no menos que el alcohol y el opio, se convierte entonces, como nunca antes, en una forma aún posible de evasión y olvido. “Lo que pongo en el papel —gustaba citar de Saint Pierre— lo saco de mi memoria y, por consiguiente, lo olvido. Para desprenderse de un recuerdo no hay más que escribirlo”. Sin embargo, en sus relatos fantásticos lo sobrenatural nunca es una evasión de la realidad sino un modo, más profundo y complejo, de mostrarla.

La cultura de Poe era vasta: sabía de física, astronomía, historia, religión, filosofía, derecho y biología. Eso le permitió escribir, sobre el final de su vida, el que para muchos es su gran libro: Eureka, un ensayo sobre el universo material y espiritual. Poe exigía que fuera leído no como una tesis científica sino como un largo poema cosmogónico. Así lo leyeron los poetas franceses Stéphane Mallarmé y Paul Valèry; así, también, antes que ellos, Charles Baudelaire, traductor de Poe al francés y difusor de su obra en Europa. De todos modos, sentenciaba: “Lo que he propuesto revolucionará, a su tiempo, el mundo de la ciencia física y metafísica. Lo digo con calma, pero lo digo”. “Sin embargo —apunta Cortázar—, los hombres de ciencia que condescendieron a examinar Eureka lo han declarado, por unanimidad, un castillo de naipes.” No obstante, otro cuentista argentino admirador de Poe —Abelardo Castillo— confiesa en cambio que siempre creyó que Eureka contenía una verdad mayor que la pensada: “Hoy se ha demostrado —dice— que la teoría de Stephen Hawking, el gran científico, no es más que el Eureka de Poe llevado a sus conclusiones científicas más extremas. El Big Bang, la expansión del universo y todas esas teorías que en nuestro siglo empiezan alrededor de los años 20, todo eso ya está contenido en su libro”.

Sea como fuere, con Eureka Poe volvió a dar muestra del que, tal vez, fue su mayor legado: la dignidad poética. En 1848, a un año de su muerte, el autor de El entierro prematuro escribió a su tía: “No tengo deseos de vivir desde que escribí Eureka. No podría escribir nada más”. Y no lo hizo.

Antes, y durante toda su vida, la pobreza le había impedido realizar su sueño de ser, esencialmente, un poeta. Lo había llevado, en cambio, a escribir cuentos y ensayos por encargo en los que, a pesar de sus apremios económicos, nunca cedió al facilismo: escribió siempre como si fuera la última vez, y como si el texto que tenía entre manos fuera algo que, tras su muerte pudiera justificar su vida. Vio en la belleza, en la perfección —en dar lo mejor de sí frente a cada acto— una forma aún posible de redención. Quizá, la única que tuvo en vida.


en Revista Viva, Nº 1.222, domingo 3 de octubre de 1999.

Comentarios

  1. la forma de relatar la vida de este gran genio, es muy lindo, como si fuese escrita con sentimiento...me re gusto

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Autobiografía Humorística - Roberto Arlt

No corras que es peor - Marcelo Birmajer