La Perra - Dani Umpi

A esta perra lo único que le falta es hablar. Cada mañana suena el despertador, ella estira la patita sobre la mesa de luz hasta encontrar el botón titilante y lo apaga. ¿Podés creer? Apaga el despertador como si fuera una persona, como si fuera yo. Y si no le doy la comida frente a sus narices, no come. A veces se la doy en la boca, como a un bebé. Igual se pasa un día o dos sin comer. Tres o cuatro. El verano pasado estuvo cuatro días sin comer y mi vecina no sabía qué hacer, me enloquecía por teléfono contándome que la perra se portaba bien, que ni siquiera ladraba, pero no le comía nada, nada de nada. Tuvimos que volvernos. Y ahora él quiere quedarse con la perra. Él, justamente él, que si no hubiera sido por mí y esa idea de último momento que se me ocurrió, eso de dejarle encargada la perra a la vecina durante las vacaciones, si no hubiera sido por mi cabecita, la perra quedaba encerrada, olvidada. ¡Él ahora quiere quedarse con la perra!¡Parece un chiste!¡Tanto que la insultaba mientras regresábamos! La perra ni lo registra, prefiere estar con la vecina, que al menos le sabe el nombre. ¿Para qué? Me pregunto yo. ¿Para qué? Quedarse con la perra y verla morir de hambre. Pobre animalito. ¿Qué va a hacer sin mí? Para colmo presiente todo, se da cuenta, escucha las discusiones y se pone como loca, corre de un lado para otro, salta, larga chorritos de pis por la alfombra, por todos lados y él la reta. ¡La reta y quiere quedarse con ella! Una cosa de locos. QUe si fuera un sillón o un cuadro, todavía. Y después me sale con lo de los hijos, con eso de que nuca le di un hijo... "Me diste" dice, como si una se agarrara, se abriera de piernas, se sacara un crío de ahí adentro y le dijera "tomá, acá te doy un hijo". Que para él, lo mismo un hijo que un perro.


Y en ese momento trata de acariciarla, pero está tan nerviosa que le mete un dedo en el ojo. Entonces la perra la muerte. Ella se asusta mucho y le propina una cachetada dura, densa. Corta el teléfono sin despedirse, sin explicar, perpleja. Reacciona con una naturalidad impensada, mirándola a los ojos con furia y altivez. Se da cuenta que la perra es sólo una perra, que no lo ha hecho a propósito y está asustada, con la cola baja, desviando los ojos brillantes hacia cualquier parte, hacia el cielo, una planta, una pared que lo amortigüe todo. Las dos se dan cuenta de lo mismo. Nunca la había mordido. Tal vez sí un cariño rudo, un descuido. Mete la mano en el bolsillo buscando algo, algo que decir. Tantea monedas, las llaveces, papeles arrugados que podrían ser pañuelos o dinero, pegotes. También mira la pared y llora. Recuerda cuando compraron la perra, cuando pintaron la pared. ¿De qué color es? ¿Marrón? ¿Castaño? ¡Una perra castaña! ¿Dónde se ha visto? ¿Crecerá demasiado? ¿La pared? Blanca, claro. Y la perra crece, pero no mucho. LE da de comer todos los días, a veces en la boca. Reconoce los gruñidos, los ladridos y los lloriqueos. Se reconocen. Reconozco cuando está triste. Reconozco sus tristezas sin verle las lágrimas. Camina de un lado al otro por todo el patio, mirando las paredes blancas. Cuando hace eso me doy cuenta que está mal. La reconozco. Cuando llegó de las vacaciones y corría al patio a verme sin quitarse los lentes ni la camperita, escuché las llaves que se movían en el bolsillo, chocando con las monedas. "Te vas a morir", decía. "Tenés que comer para no morirte", decía. Y ahora mira la pared y llora. Llora por las dos. Le lamo la mano como si tuviera comida. Que se dé cuenta que estoy aquí. La mano queda quieta y no me pega.

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