Jesus - Enrique Rivas

Enrique Rivas nació en Capital Federal un 1 de abril de 1979. Vivió toda su vida en la ciudad de Temperley. Actualmente intenta estudiar la carrera de Letras en la Universidad de Lomas de Zamora. Escribe poemas, cuentos y novelas.

"Jesús" integra el libro de cuentos Los nietos del carnicero es su primer libro publicado por Editorial Funesiena. El libro puede comparse o ser descargado en formato .pdf

Pasen y lean.


Jesús

Joaquín dibuja a Jesus desnudo y con los huevos y la verga colgándole hasta las rodillas. Y yo le digo: está copado. Porque es cierto, Joaquín dibuja muy bien. Debería haber sido artista. Pero no. Ahora es Contador Público, egresado de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Lomas de Zamora. A todo esto, Joaquín tiene tetas. Subdesarrolladas hinchazones como las de mis compañeras de séptimo grado. Por supuesto que nunca se las vi, ni a Joaquín ni a mis compañeras de séptimo grado. Joaquín nunca se pone en cueros adelante mío. Adelante mío ni de nadie. Mis compañeras tampoco. Aunque en las vacaciones de verano, que las pasamos callejeando el barrio desierto y derretido desde las dos de la tarde hasta la hora de cenar, Joaquín transpira tanto que la remera se le empapa de agua y se le adhiere a la piel rojiza tipo matambre, entonces se la despega con las puntas de los dedos y la sacude como cuando sacudís una servilleta para deshacerte de las migas de pan. Son dos protuberancias del tamaño de una pelotita de golf. Son sus tetas. Joaquín es mi amigo, así que no me río. Hubo otros pibes, que no eran sus amigos, que sí se rieron y Joaquín los tuvo que cagar a trompadas. Uno por uno. De Joaquín aprendo que hay momento de tu vida que la única salida es la violencia. Que la violencia es el único medio que tenés para hacerte respetar. Por supuesto que esto sólo funciona con pibes del tamaño de Joaquín. Joaquín es gordo y grandote como la heladera Siam de mi abuela. Me leva una cabeza, Joaquín y la heladera Siam de mi abuela. La piel de Joaquín es blanca y tiende a enrojecerse al menor esfuerzo, ya sea caminar o correr. Además sufre de asma. Por eso las tetas y su tendencia a engordar. Por culpa de las corticoides me dijo una vez y nunca más lo volvió a decir, Joaquín toma corticoides. En realidad se las inyectan.

Joaquín vive en la esquina, a una casa de distancia de la mía. Y nos vemos casi todos los días, luego del colegio. A la hora del almuerzo. Joaquín no es mi compañero de séptimo grado, vamos a distintas escuelas. Es mi amigo. Mi primer amigo del barrio. Y aunque siempre hay otros pibes con nosotros, no todos son amigos como Joaquín y yo. Cuando llamás a Joaquín también me estás llamando a mí. Y cuando me invitás a mí sabés que caigo con Joaquín. Así es la cosa. Nacimos en el mismo año pero no somos del mismo signo zodiacal. Es más, cuando nací yo, la madre de Joaquín vino con Joaquín en brazos a visitar a mi vieja luego de que le dieran el alta. Así que Joaquín es unos meses más grande. Nuestros viejos se conocían desde mucho antes de que alguno de nosotros naciéramos. De hecho, el terreno adonde los abuelos de Joaquín construyeron la casa se lo vendió mi abuela, que antes de ser abandonada por mi abuelo le remató los tres terrenos y se quedó con toda la plata. Que, para colmo, se la gastó enseguida. Mi abuela representa al pie de la letra ese refrán qeu dice que no hay peor cosa que una mujer despechada. O por lo menos eso decía mi viejo que decía mi abuelo.

Joaquín dibuja un Jesús desnudo y con los huevos y la verga colgándole hasta las rodillas. Y yo le pregunto:

—¿Me lo regalás?

Y Joaquín me dice que no.

Joaquín tiene once años y su hermanito Felipe murió de pulmonía apenas cumplidos los cinco. Felipe también era gordito, de piel colorada, y tomaba corticoides y un montón de cosas peores. Encima, a Felipe lo vivían internando en la Clínica Temperley, a seis cuadras de casa. La Clínica Temperley ahora no existe, al igual que Felipe. Felipe nunca salía ni siquiera a la vereda. Por su enfermedad y porque era más chico que nosotros. Felipe murió en el invierno de 1987. Tres años antes de que Joaquín tuviera once años y dibujara un Jesucristo crucificado, completamente desnudo, y chorreando más sangre de la que un ser humano normal puede chorrear. Aunque se supone que Jesucristo no es un ser humano normal. Por lo menos eso es lo que tratan de enseñarnos en las clases de catecismo, los sábados por la mañana, bien temprano. Demasiado temprano para un sábado a la mañana. Con Joaquín compartimos las clases de catequésis y vamos a tomar la comunión el mismo día; un sábado de Noviembre de 1990. A la tarde, por suerte.De lo único que hablamos cuando lo paso a buscar y caminamos esos cincuenta metros hasta la iglesia, es de lo que nos vamos a comprar con la plata de las estampitas. De Joaquín aprendo que está bueno esto de que te paguen por enseñarte algo. Aunque sea un cuento.


—Unos guantes —le digo.

—Yo una camiseta de Independiente —me dice.

Además de huevos y vergas colgando hasta las rodillas, Joaquín dibuja casas arrasadas por el fuego, huracanes, terremotos, catástrofes, gente descuartizada, bombas cayendo desde el cielo, esqueletos jugando al fútbol con una cabeza humana y un montón de cosas así. Cosas que si las hiciera alguien como Dalí tendrían otro significado.

Pero no, las hace mi amigo Joaquín, entonces el único significado que le podés encontrar es el que tiene. Por mi parte, dibujo un arquero debajo de los tres palos preparado para que le pateen un penal. Nada del otro mundo, por eso nunca voy a prosperar en el campo de las Bellas Artes. Lo sé porque años más tarde incurso en el campo de las Bellas Artes y abandono a los pocos meses. Más allá de un arquero preparado para que le pateen un penal no se me ocurre dibujar otra cosa. Con Joaquín dibujamos en el cuadernito verde de veinte hojas que nos dieron para las clases de catecismo, en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús. Dibujamos los sábados a la mañana, bien temprano, demasiado temprano, mientras la maestra de catequesis, una muchacha que se parece a una vieja bruja machona, se para delante de un pizarrón y nos habla sobre cosas que, por más esfuerzo que haga, no puedo retener. Entonces no puedo contarlas. Pero no son muy distintas a cielo, dios, paraíso, pecados, etc. El cuadernito de tapa verde tiene una frase en cada página, o una cita bíblica, que no ocupa más de tres líneas, el resto de la hoja está en blanco. Supuestamente para que lo completemos con lo que nos dicta la catequista. Es en ese espacio vacío donde Joaquín dibuja a Jesús desnudo y con los huevos y la verga colgándole hasta las rodillas y yo dibujo mi arquero, que bien podría ser un tipo sentado sobre un inodoro pero sin inodoro. Nos ubicamos en el fondo de un pequeño cuarto que funciona como aula y Joaquín a cada rato me muestra sus dibujos. Sus obras de arte. Y me dice que le muestre el mío, pero yo le digo que todavía no está, que le faltan unos retoques. Y es cierto. Tardo tres clases, tres sábados, en terminar mi arquero. En la semana ni por asomo abro el cuaderno, de otro modo lo habría terminado antes.

Al cuarto sábado Joaquín ya se acabó todas las hojas del cuaderno. Cuando la catequista lo ve sin nada sobre la mesa le pregunta adónde está tu cuaderno, y Joaquín, haciéndose el santo, le dice que se lo robaron los chicos de Acción Católica. Que le pegaron y le robaron la mochila. Mentira. Joaquín no usa mochila. Pero odiamos tanto a los nenitos de mamá de Acción Católica que mentir sobre ellos es algo que bien vale la pena. La catequista, que no puede creer que los chicos de Acción Católica sean capaces de semejante cosa, le dice que más tarde le consigue otro cuaderno, que por ahora se limite a escuchar. Y Joaquín le dice que sí. Pero no se limita a escuchar, me pide el dibujo. Mi dibujo. Y me dice que hace cuatro sábados que estoy con el mismo dibujo, que debe ser malísimo, que me dedique a otra cosa. Así que le doy el trazo final a mi arquero de dos metros (más de metro y medio representan sus piernas) y le paso el cuaderno. Joaquín lo mira, sonríe y agarra un lápiz. O agarra el lápiz, lo mira y sonríe. Es todo tan rápido que no sabría decir. Y no más de un minuto después me devuelve mi arquero: ahora tiene el pelo largo como Jesús, un par de cuernos de toro y los huevos y la verga colgándole hasta las rodillas.

—Así está mejor —me dice y se dedica a mirar el pizarrón. Y es cierto.

Cinco días antes de tomar la comunión, Joaquín va a estar a punto de que yo le patee un penal y a él también algo le va a colgar, pero no hasta las rodillas.

Fue así.

Si de algo somos fanáticos, Joaquín y yo, ese algo es el fútbol. Pero hay dos problemas, dos problemas que te pueden arruinar la infancia. El primero; ninguno de los dos sabe jugar. Joaquín tiene mala puntería, es demasiado bruto y además se agita enseguida. Por consiguiente, lo único que hace es dar órdenes. Pero nadie lo escucha. Joaquín lleva la pelota, una Tango 86 de cuero y del color de la luna, pero eso no te autoriza a darle órdenes a nadie. Aunque eso Joaquín no lo sabe. A mí me tocó la parte menos cansadora: soy arquero. Siempre quise jugar de 9, pero como conozco mis limitaciones me autoboicotié y me refugié en el arco. Tiene su lado positivo: no transpirás y sos el más solicitado. Como ningún pibe quiere atajar, siempre te eligen a vos. Tengas o no tengas refejos. Tengas o no tengas manos. Para colmo, y como maldición, de las decenas de pibes que conocemos y que nos conocen, todos saben jugar perfectamente al fútbol. Menos Joaquín y yo, claro está. Quizá por ese motivo preferimos jugar solos. Y he aquí el segundo problema: dónde patear. Los tres lugares más concurridos son el Club ECA, el campito y la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús.

El Club ECA es un club para militares, que aunque nunca vimos ninguno, dicen que fue fundado por militares. Tiene tres canchas de fútbol; una de once y dos de papi. Además hay cuatro de tenis, un enorme buffet, una piscina y todo el resto es un parque donde preparar picnics. Para entrar tenés que ser socio. Joaquín y yo no somos socios. Muchos de los que entramos saltando los alambrados no somos socios. Entrar no es el problema. El problema es poder terminar un partido en paz. Porque si encontrás una cancha vacía y te ponés a patear, al rato aparecen los nenes vestidos de blanco y te hacen echar o te desafían a un partido. Los nenes vestidos de blanco son los nenes socios que visten como los tenistas: zapatillas, medias, shorts y chombas blancas. Los nenes socios de blanco, además de jugar muy bien (y de nunca manchar sus ropas), son unas mantequitas, así que a la primera patada fuera de tiempo empiezan a gritar como nenas malcriadas. Y tras sus gritos no sólo vienen sus padres (también vestidos de blanco) sino que aparece el seguridad (Joselo) y nos raja con el dedo índice señalando la puerta. La patada fuera de tiempo mayormente la da Joaquín.

El campito ya es otra cosa. Otro mundo. Queda a tres cuadras al fondo y en realidad no es un campito, nada tiene de campo, pero lo llaman así. Desde tiempos remotos que lo llaman así, todo porque esa calle no está asfaltada. Es un terreno abandonado, angosto y largo, sin césped, de tierra seca y tiene dos arcos de distintos tamaños fabricados con palos de luz. Palos de luz con astillas. De eso te das cuenta cuando sos arquero. El único problema del campito es que la cancha siempre está ocupada por vagos con barba y bigotes. Y por más que les supliques, no le hacen partidos a los nenes como nosotros.

La Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, la que está a cincuenta metros de casa, en la que hacemos catecismo y en la que vamos a tomar la comunión, además de un templo tiene una canchita de fútbol. De lija. De eso te enterás cuando te hacen ful y tus rodillas quedan como dos semáforos en rojo. Y su problema es que para jugar (los fnes de semana, que es cuando uno realmente quiere jugar), tenés que ser miembro de Acción Católica. La gente de Acción Católica ocupa la cancha durante todo el santo sábado y todo el domingo. Podés entremezclarte con la gente de Acción Católica y simular ser uno de ellos, pero si no entendés de lo que se habla en catequesis, los sábados a la mañana, temprano, demasiado temprano, menos vas a entender de lo que se habla y se canta acá. Es como saltar de la primaria a la Universidad.
Así que con Joaquín terminamos pateando en la calle. Pero a cada rato estás gritando, ¡auto!, y tenés que parar el partido. Y el público deja de cantar, de agitar las banderas, y el locutor se va a hacer algo mejor. No se puede jugar así.

Fue mi idea. Nunca fui muy brillante que digamos, y la única vez que lo fui, Joaquín casi se queda sordo. No fue mi culpa, en todo caso, fue culpa de Dios. Me pasa a buscar un lunes a las dos de la tarde. Cinco días antes de que tomemos la comunión. Cae con la Tango 86 y debatimos, como todos los días de nuestra corta existencia, sobre dónde ir a patear. Que al ECA no porque nos echaron ayer. Que en el campito te fajan. Que en la calle es imposible porque los vecinos quieren dormir la siesta y te golpean la persiana para que dejes de festejar. Le digo de ir a la iglesia. Joaquín me recuerda que está cerrada. Que los lunes la Iglesia cierra, al igual que las panaderías y las peluquerías y que no queda ni el tipo que vive ahí. Al tipo que vive ahí lo llaman Párroco, aunque en realidad se llama Mario. Ya sé, le digo. Y le explico que la gracia es esa. Entrar a la parroquia y tener la cancha para nosotros dos durante todo el día. Podemos hacer el arco-arco más interminable de la historia. Joaquín se entusiasma. Y cuando Joaquín se entusiasma el mundo y todo lo que hay adentro es tuyo. Así que el lunes a las dos de la tarde enfilamos para la iglesia, con la pelota bajo el brazo.

La iglesia tiene el templo en el medio y a sus costados hay dos rejas de distintas medidas. La más grande, y la que siempre está abierta, salvo los lunes, es por dónde ingresa el párroco Mario en su Ford Falcon verde. La otra es una reja del tamaño de una puerta común y corriente que nunca se abre y que linda con la pared de la casa vecina. El portón no linda con ninguna pared sino con una alambrada recubierta por arbustos que pinchan. Por eso preferimos la puerta pequeña. Joaquín manda la pelota por encima de la reja, pero como nunca puede contener su fuerza la pelota da dos piques y se va para el fondo, bien lejos. Así que ahora no hay marcha atrás. Yo entro primero. Joaquín me hace pata y me trepo al paredón vecino, de ahí gateo unos metros por la cornisa y en vez de bajar usando la reja de escalera, no, me tiro como quien se tira del trampolín de una piscina. Caigo de culo y pego un grito inconsciente. Caigo sobre el pasto, pero el pasto duele tanto como el cemento. Joaquín primero me dice que me calle, callate, que nos va a escuchar la Tana (la Tana es la vecina, que siempre escucha todo). Luego se empieza a reír burlonamente al mismo tiempo que me levanto y me aprieto el culo con las dos manos como cuando te estás cagando encima. Por supuesto que nunca me cagué encima, pero estuve apunto. Todos estuvimos apunto en algún momento de nuestras vidas.

—Apurate —le digo.

Joaquín no puede. No puede subir al paredón y tampoco puede trepar a las rejas. Para colmo, cuando se agarra de los barrotes, el portoncito se le mueve hacia adentro y hacia afuera y hace un ruido a caño de escape rasguñando el asfalto. Luego de varios intentos Joaquín consigue la cima. Ahora sólo falta que salte. Lo que le va a llevar varios intentos más. No lo voy a ver saltar porque salgo corriendo hacia el fondo, agarro la pelota y me pongo a patear al arco vacío. Estoy emocionadísimo y no me importa que el sol brille tanto que pateás la pelota al cielo y no la ves ni subir ni bajar porque los rayos se la devoran y luego la escupen y recién te das cuenta donde cayó por el sonido que hace al picar en el cemento de lija.

—Pateame un penal —me ordena Joaquín cuando aparece corriendo. Está en shorts y tiene dos raspones verdes-rojos-tierra en ambas rodillas. Pero no le duele. Nada te duele cuando hay emoción. A mí tampoco me duele el culo. Y según Joaquín, perder media oreja tampoco duele. Por lo menos no al principio.

—No, vamos a jugar un arco-arco —le digo.

—No, vamos a jugar un arco-arco —le digo.

Y no sé por qué (nunca sabremos por qué), pero Joaquín se acomoda debajo del arco que le da el sol. En el otro hay sombra, porque detrás hay una pared, pero vino corriendo y se acomodó en este. A mí me da igual. Lo veo que hace visera con la mano derecha y no veo nada más. Pongo la Tango 86 en lo que alguna vez fue un puntito pintado con pintura amarilla y tomo distancia. La distancia más larga que podés tomar así que pateo el penal más fuerte que podés patear. Le di tan fuerte que apenas la pelota despegó del suelo perdí el equilibrio y me caí de culo y quedé mirando el cielo celeste y despejado como de dibujo animado. Al mismo tiempo que mi culo reventaba contra el cemento escuché un sonido a alambre sacudirse y luego silencio. Antes de reincorporarme, Joaquín me dice:

—La colgaste.

Pero lo dice con un tono débil, casi afónico. En un momento lo desconocí. ¿Es Joaquín? Cuando me levanto veo que está de espaldas, mirando el alambre que da a la otra casa vecina, como si el alambre le estuviera hablando. Hipnotizándolo. Con la mano izquierda se tapa la oreja. Y mientras me acerco descubro que por entre los dedos le chorrea sangre. Litros de sangre que forman una especie de río desde sus dedos hasta el codo, y desde ahí hacia el piso. Me enganché, dice, y se mira la palma de la mano ensangrentada. El pabellón de la oreja izquierda le está colgando como si fuera un arito extraño. O un audífono de carne. Y sangra. ¿Duele?, le pregunto, porque es lo único que me sale preguntarle.

Joaquín vuelve a taparse la oreja y me dice que no con la cabeza. Pero al mismo tiempo enfila hacia la salida. Yo lo sigo detrás y veo que en el recorrido va dejando gotitas de sangre. Su mano izquierda es roja. Cuando me le pongo al lado veo que tiene lágrimas en los ojos, aunque no llora. Por suerte salta el enrejado en el primer intento y sale corriendo. Yo tardo un poco más, y cuando estoy del lado de afuera, gritándole esperá, esperá, ya no lo encuentro. Sólo están las gotitas; en la tierra, en el pasto, en la vereda y en el medio de la calle. Parecen las líneas limítrofes de los mapas geográficos.

En su casa Joaquín se desmaya. Sus viejos lo suben al Renault 9 y lo llevan al Gandulfo, donde le suturan la oreja. Después le preguntan, tanto los médicos como sus padres, cómo se hizo eso. Casi perdés la oreja, qué pasó. Joaquín les dice que lo mordió Polo. Polo es un perro policía de la otra cuadra que de vez en cuando salta el paredón y muerde al primero que tiene cerca. A mí y a Maxi (uno de los tantos pibes que se juntaba con nosotros) nos mordió una vez. Nos clavó los dientes como si fuéramos un churrasco. A mí en el brazo. A Maxi en los talones. Polo era más rápido que cualquiera. Por lo menos fue más rápido que Maxi y que yo. Dos días después, el padre de Joaquín lo envenena. Pasa por la puerta de la casa de esta familia que nunca sale a la calle y tira un pedazo de carne por encima del paredón. El pedazo de carne con vidrio molido adentro. Pero antes de que el padre de Joaquín despida a Polo, a Joaquín le dan la antirrábica.

De todo esto me entero al otro día del accidente. Joaquín tiene la oreja recubierta por un vendaje blanco. Dice que escucha bien, que lo único que siente es una pinza enganchada a su oreja. Algo así como un broche electrificado. Y me dice que vayamos a buscar la pelota. Así que vamos a la casa vecina de la iglesia y recuperamos la Tango 86, pinchada. Y no sabemos si se pinchó porque dio contra una rama de los tantos árboles del jardín o si la pinchó el viejo con un tenedor. A la noche siguiente Polo va estar revolcándose de dolor durante largas horas. El sábado tomamos la comunión, pero antes, por la mañana, tenemos que ir a confesarnos. Va a ser la primera y única vez en mi vida que me confiese. De Joaquín no tengo idea. Dos o tres años después ya no nos vamos a juntar más simplemente porque la gente suele no juntarse más.

Paso a buscar a Joaquín y vamos a confesarnos, cláusula ineludible para que tomes la comunión y recibas un pago por meterte un pedacito de pan y un traguito de vino en el estómago. Joaquín sigue teniendo el vendaje, siempre bien limpio porque su madre se lo cambia cada dos días. Dice que le queda para una semana más. Joaquín me cuenta cómo es una oreja cosida porque se la vio al espejo. Yo no puedo imaginar cómo es una oreja cosida, pero sí puedo contar cómo luce una oreja colgando. Porque la vi.

Entramos en la parroquia. El padre Mario ya está adentro. Cuando ves el Ford Falcon estacionado cerca de la canchita de fútbol es porque el padre Mario ya vino y está rezando o haciendo rezar a la gente. Esperamos en la puerta de la casita. Si a los once años fumara, me estaría encendiendo un cigarrillo mientras me apoyo en la pared y espero como el galán que espera a su chica. Pero no, para empezar a fumar me faltan dos años, todavía. El padre Mario no nos toma la confesión en el templo, que está adelante, sino en la casita del fondo, que tiene habitaciones por todos lados y que un par de años después va a tener dos pisos. Tampoco nos hace pasar a ningún confesionario de madera típico de las películas sino que nos hace tomar asiento en un cacharro cualquiera y él se sienta enfrente, en una silla con respaldo de felpa.

Y te pregunta:

—¿Cómo te anduviste portando?

Cuando salgo, entra Joaquín. Lo espero. Y como tarda bastante me pongo a mirar a los chicos de Acción Católica que están sentados formando un círculo en medio de la canchita. Una de las chicas, la más grande, toca una guitarra criolla y los otros y otras aplauden y cantan algo sobre un niño. Que el niño esto y que el niño lo otro. Cantan, cantan y cantan. Encima afinan.

Al ratito aparece Joaquín al lado mío. 

Y le pregunto:

—¿Cuánto te dio?

—¿A vos? —me repregunta.

—Un Padrenuestro y un Avemaría. ¿A vos?

—Nueve Padrenuestros y siete Avemaría. ¿Cuál era el Avemaría?

—Ave María, llena eres de gracia, el señor es contigo...

—Ah, ése.

—¿Y por qué tantos? ¿Qué le dijiste?

—La verdad. Que le rayé el auto.

Mucho no le creo, porque Joaquín, en el fondo, es medio mentiroso, pero cuando enflamos para irnos a probar el pantalón de vestir, la camisa, la corbata y todo eso que debemos ponernos al atardecer, Joaquín me hace pasar junto al Falcon Verde y me señala una cruz que le hizo a la puerta del conductor con una piedrita. Un par de horas después ya somos oficialmente cristianos.

Comentarios

  1. Soy Martín amigo de la infancia de Quique, el tal Joaquin del texto, como hago para contactarme con el autor.

    ResponderEliminar
  2. A Quique lo podés encontrar acá: https://www.facebook.com/enrique.rivas.33

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Autobiografía Humorística - Roberto Arlt

Edgar Allan Poe, el padre del terror.

Martín Rodriguez - Selección de poemas