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Mostrando entradas de julio, 2013

El fardo - Rubén Darío

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Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro candente. Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardas pasaban de un punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas dando aquí y allá sus vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes, los jornaleros se encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del muelle, y el húmedo viento salado que sopla de mar afuera a la hora en que la noche sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.*Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un carretón, y que, aunque cojín cojeando, había trabajado todo el día, estaba sentado en una piedra, y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.

Bouquet - Rubén Darío

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La linda Stela, en la frescura de sus quince abriles, pícara y risueña, huelga por el jardín acompañada de una caterva bulliciosa.Se oye entre las verduras y los follajes trisca y algazara. Querubines de tres, de cuatro, de cinco años, chillan aturden y cortan ramos florecidos. Suena en el jardín como un tropel de mariposas o una alegre bandada de gorriones.De pronto se dispersan. Cada chiquilla busca su regazo. Stela da a cada cual un dulce y una caricia; besa a su madre, y luego viene a mostrarme, toda encendida y agitada, el manojo de flores que ha cogido.Sentada cerca de mi, tiene en las faldas una confusión de pétalos y de hojas. Allí hay un pedazo de iris hecho trizas. Es una muchedumbre de colores y una dulce mezcla de perfumes.

El pájaro azul - Rubén Darío

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París es teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al café Plombier, buenos y decididos muchachos - pintores, escultores, poetas - sí, ¡todos buscando el viejo laurel verde! ninguno más querido que aquel pobre Garcín, triste casi siempre, buen bebedor de ajenjo, soñador que nunca se emborrachaba, y, como bohemio intachable, bravo improvisador.En el cuartucho destartalado de nuestras alegres reuniones, guardaba el yeso de las paredes, entre los esbozos y rasgos de futuros Clays, versos, estrofas enteras escritas en la letra echada y gruesa de nuestro amado pájaro azul.El pájaro azul era el pobre Garcín. ¿No sabéis por qué se llamada así? Nosotros le bautizamos con ese nombre.Ello no fue un simple capricho. Aquel excelente muchacho tenía el vino triste. Cuando le preguntábamos por qué cuando todos reíamos como insensatos o como chicuelos, él arrugaba el ceño y miraba fijamente el cielo raso, nos respondía sonriendo con cierta amargura...—Camaradas: habéis de saber que tengo un…

La historia de un picaflor. Cuento Invernal - Rubén Darío

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...¡Ah!. sí, mi amable señorita. Tal como usted lo oye; tras un jarrón de paulonias y a eso de ponerse el sol. Garlaban como niños vivarachos, no se daban punto de reposo yendo y viniendo de un álamo vecino a una higuera deshojada y escueta, que está más allá de donde usted ve aquel reosalito, un poco más allá.¿Que quiere usted saber la manera, el cómo y el porqué entendemos esas cosas los poetas?... Fácil cuestión.Ya lo sabrá usted después que le refiera eso, eso que le ha infundido ligeras dudas, y que pasó tal como lo cuento; una cosa muy sencilla: la confidencia de un ave bajo el limpio cielo azul.Hacía frío. La cordillera estaba de novia, con su inmensa corona blanca y su velo de bruma; soplaba un airecito que calaba hasta los huesos; en las calles se oía ruido de caballos piafando, de coches, de pitos, de rapaces pregoneros que venden periódicos, de transeúntes; ruido de gran ciudad; y pasaban haciendo resonar los adoquines y las aceras, con los trabajadores de toscos zapatones,…

Mis primeros versos - Rubén Darío

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Tenía yo catorce años y estudiaba humanidades.Un día sentí unos deseos rabiosos de hacer versos, y de enviarselos a una muchacha muy linda, que se había permitido darme calabazas.Me encerré en mi cuarto, y allí en la soledad, después de inauditos esfuerzos, condensé como pude, en unas cuantas estrofas, todas las amarguras de mi alma.Cuando ví, en una cuartilla de papel, aquellos regloncitos cortos tan simpáticos; cuando los leí en alta voz y consideré que mi cacumen los había producido, se apoderó de mi una sensación deliciosa de vanidad y orgullo.Inmediatamente pensé en publicarlos en La Calavera, único periódico que entoces había, y se los envié al redactor, bajo una cubierta y sin firma.

Las albóndigas del coronel. Tradición nicaragüense - Rubén Darío

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Cuando y cuando que se me antoja he de escribir lo que me dé mi real gana; porque a mí nadie me manda, y es muy mía mi cabeza y muy mías mis manos. Y no lo digo porque se me quiera dar de atrevido por meterme a espigar en el fertilísimo campo del maestro Ricardo Palma; ni lo digo tampoco porque espere pullas del maestro Ricardo Contreras. Lo digo sólo porque soy seguidor de la Ciencia del buen Ricardo. Y el que quiera saber cuál es, busque el libro; que yo no he de irla enseñando así no más, después que me costó trabajillo el aprenderla. Todas estas advertencias se encierran en dos; conviene a saber: que por escribir tradiciones no se paga alcabala; y que el que quiera leerme que me lea; y el que no, no; pues yo no me he de disgustar con nadie porque tome mis escritos y envuelva en ellos un pedazo de salchichón. ¡Conque a Contreras, que me ha dicho hasta loco, no le guardo inquina! Vamos, pues, a que voy a comenzar la narración siguiente:

A orillas del Rhin - Rubén Darío

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A las orillas del Rhin, bajo el brumoso cielo de Alemania, existen aún las ruinas de un viejo castillo feudal. Unas cuantas paredes grietosas han quedado de los macizos torreones; ahí está el foso también cerrado, y aún se advierten vestigios de la ventana por donde salió la linda Marta de los ojos azules.¡Ah!, ésta es una historia muy bonita. Estáme atenta, Adela, tú que eres tan amiga de los cuentos preciosos; sobre todo de aquellos en que resplandece el amor y refrescan el espíritu con la dulzura de sus encantos.*El blasón del caballero Armando luce una mano de hierro y un castillo en campo de azur; la razón de esto es que, andando de caza el rey Othón cabalgando en un briosísimo potro, desbocósele la caballería y en carrera veloz llevólo hasta la orilla de un precipicio, y habría seguramente perecido el monarca si el brazo nervudo del caballero Armando, que a buena sazón cercano se encontraba, no le da apoyo dominando al bruto y sacando al poderoso señor del peligro de una muerte …

Primera impresión - Rubén Darío

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Yo caminaba por este mundo con el alma virgen de toda ilusión.Era un niño que ni siquiera sospechaba existiera el amor.Oía a mis compañeros contar sus conquistas amorosas, pero jamás prestaba impresión a lo que decían y no comprendía nada.Nunca mi corazón había palpitado amorosamente. Jamás mujer alguna había conmovido mi corazón, y mi existencia se deslizaba suavemente como cristalino arroyuelo en verde y florida pradera, sin que ninguna contrariedad viniera a turbar la tranquilidad de que gozaba.Mi dicha se cifraba en el cariño de mi madre; cariño desinteresado, puro como el amor divino.¡Ah, no hay amor que pueda semejarse al amor de una madre!