Primera impresión - Rubén Darío

Yo caminaba por este mundo con el alma virgen de toda ilusión.

Era un niño que ni siquiera sospechaba existiera el amor.

Oía a mis compañeros contar sus conquistas amorosas, pero jamás prestaba impresión a lo que decían y no comprendía nada.

Nunca mi corazón había palpitado amorosamente. Jamás mujer alguna había conmovido mi corazón, y mi existencia se deslizaba suavemente como cristalino arroyuelo en verde y florida pradera, sin que ninguna contrariedad viniera a turbar la tranquilidad de que gozaba.

Mi dicha se cifraba en el cariño de mi madre; cariño desinteresado, puro como el amor divino.

¡Ah, no hay amor que pueda semejarse al amor de una madre!


Yo quería a mi madre y pensaba que ése era el único amor que existía.

Los días, los meses, los años transcurrían y mi vida siempre era feliz, y ninguna decepción venía a trastornar la paz de mi espíritu.

Todo me sonreía: todo era placer y ventura en torno mío.

Así pasaba el tiempo y cumplí quince años.

Una noche tuve un sueño. Sueño que tengo grabado en el corazón, y cuyo recuerdo jamás he podido apartarlo de mi mente.

Soñé que me encontraba en un hermoso campo. El sol iba a ocultarse en el horizonte, y la hora del crepúsculo vespertino se acercaba.

Por doquiera se veían frondosos árboles de verde ramaje, que parecía envidiaban su último adiós al astro que desaparecía.

Las flores inclinaban su último su corola tristes y melancólicas.

Allá a lo lejos, detrás de un pintoresco matorral, se oía el dulce susurrar de una fuente apacible, en cuyas límpidas aguas se reflejaban mil pintadas flores que se alzaban en su orilla y que parecía se contemplaban orgullosas de su hermosura.

Todo allí era tranquilo y sereno. Todo estaba risueño.

Yo me hallaba recostado en un árbol, admirando la naturaleza y recordando las inocentes pláticas que cuando niño había sostenido con mi madre, en las que ella con un lenguaje sencillo y convincente, con el lenguaje de la virtud y de la fe, me hacía comprender los grandes beneficios que constantemente recibimos del Omnipotente, cuando vi aparecer de entre un bosquecillo de palmeras una mujer encantadora.

Era una joven hermosa.

Sus formas eran bellísimas.

Sus ojos negros y relucientes, semejaban dos luceros.

Su cabellera larga y negra caía sobre sus blancas espaldas formando gruesos y brillantes tirabuzones, haciendo realzar más su color alabastrino.

Su boca pequeña y de labios de carmín guardaba dentro unos dientes de perla.

Yo quedé estático al verla.

Ella llegóse junto a mí y púsome una mano sobre la frente. A su contacto me estremecí. Sentí en mi corazón una cosa inexplicable. Me parecía que mi rostro abrasaba.

Estuvo mirándome un momento y después con una voz armoniosa, voz de hadas, voz de ángel, me dijo:

—¡Ernesto!...

Un temblor nervioso agitó todo mi cuerpo al oír su voz. Cómo sabía mi nombre? Quién se lo había dicho? Yo no podía explicarme nada de esto. Ella continúo.

—¡Ernesto!...

Un temblor nervioso agitó todo mi cuerpo al oír su voz. Cómo sabía mi nombre? Quién se lo había dicho? Yo no podía explicarme nada de esto. Ella continuó.

—Ernesto, has sentido alguna vez dentro de tu pecho el fuego misterioso del amor? Tu corazón ha palpitado por alguna mujer?

Yo la miraba con arrobamiento y no pude contestar; la voz expiró en la garganta y por más esfuerzos que hacía no me fue posible hablar.

—Contestadme —prosiguió ella— decidme una palabra siquiera. Has amado alguna vez.

Hice otro nuevo esfuerzo y por fin articulé una palabra.

—¿Qué es el amor? —dije.

—¡El amor! Ah! No hay quien pueda explicar el amor. Es necesario sentirlo para sabe lo que es. Es necesario haber experimentado en el corazón su influencia para adivinarlo. El amor es unas veces un fuego que nos abrasa el corazón, que nos quema las entrañas, pero que sin embargo nos abrasa el corazón, que nos quema las entrañas, pero que sin embargo nos agrada; otras un bálsamo reparador que nos anima y nos eleva a las regiones ideales mostrándonos en el porvenir mi halagüeñas esperanzas. El amor es una mezcla de dolor y de placer; pero en ese dolor hay un algo dulce y en ese placer nada de amargo. El amor es una necesidad del alma; es el alma misma.

Al pronunciar estas palabras su rostro había adquirido una belleza angelical. Sus ojos eran más brillantes aún y despedían rayos que penetraban en mi corazón y me hacían despertar sensaciones desconocidas hasta entonces para mí.

Miróme nuevamente y yo extasiado ante su hermosura, subyugado por su belleza, iba a echarme a sus plantas para decirle que en ese momento empezaba a sentir todo lo que había dicho, que amaba por la primera vez de su vida, cuando ella lanzó un grito y se alejó apresuradamente yendo a perderse en el bosquecillo de palmeras de donde la había visto salir momentos antes.

El sol ya se había ocultado completamente, y la noche extendía sus negras alas sobre el mundo.

La luna se levantaba majestuosa en Oriente y su luz venía a iluminar mi frente.

Yo quise seguir a la joven, pero al dar un paso caí al suelo, y al caer me encontré con la cabeza entre las almohadas, mientras que un rayo de sol que penetraba en la ventana hería mis pupilas, haciéndome comprender toda la realidad.

¡Todo había sido una alucinación de mi fantasía!

Ésta fue la primera impresión que recibí y nunca se ha borrado de mi corazón.

Desde entonces yo camino por este mundo en busca de la mujer de mi sueño y aún no la he encontrado. Esta es la causa por que me ves, amigo Jaime, siempre triste y sombrío. Pero yo no desespero; ha de llegar un día en que se presentará ante mi paso. Ese día será el más feliz de mi vida: más feliz que aquellos que pasaba al lado de mi madre y en medio de la inocencia.

*

Ésta fue la relación que una vez me hizo mi amigo Ernesto y yo la publico hoy, seguro de que no disgustará a las simpáticas lectoras ni a los bondadosos lectores de El Ensayo.

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