Introducción a Epístolas y Poemas - Rubén Darío

Escrito hacia 1885, Espístolas y poemas es el primer libro de Rubén Darío. Su publicación, aunque en una crónica publicada el 15 de abril de 1885 en la Revista Latino-Americana (ver facsímil) Darío apunta "está imprimiéndose un volumen de versos de un humilde servidor de ustedes", se vería realizada sólo tres años más tarde, en 1888, por los talleres de la Tipografía Nacional de Managuas bajo el título de Primeras notas.

Para entonces, Darío había escrito los relatos ya compartidos en este sitio A orillas del Rhin y Las albóndigas del Coronel".

En esta entrega, compartimos la Introducción a Epístolas y Poemas y, en sucesivas entradas, iremos compartiendo los otros poemas que forman parte de la obra.

Introducción

I

¡Salve, dulce Primavera,
que en la aurora de mi vida
me diste la bienvenida!
Tú ríes en la ribera
mientras yo en mi embarcación
camino del remo al son
por el piélago azulado...
¡ay, qué llevaré guardado
dentro de mi corazón!

II

Tendida la blanca vela
casi vuela mi barquilla,
y va dejando su quilla
sobre las ondas la estela;
y mientras mi barca vuela
y espumas hace saltar,
soy al viento mi cantar
viendo bellos espejismos
que decoran los abismos
de los vielos y del mar.

III

En el alba de la vida
todo es luz esplendorosa.
¡Qué esperanza tan hermosa
es la esperanza nacida!
¡Oh, primavera florida!
¡cuántas aves! ¡cúanta flor!
¡cuánto divino rumor!
turba la apacible calma,
cuando se despierta el alma
al primer beso de amor!

IV

Los que traemos por dón
de suprema excelsitud,
de la cuna al ataúd
el ser de la inspiración,
brindamos al corazón
el celestial elixir
que hacer querer y sentir,
y en un inmenso anhelar,
luchamos por penetrar
el velo del porvenir.

V

Celajes de nieve y grana
que tras las cándidas nubes
fingen radiantes querubes
con la luz de la mañana:
pórticos de filigrana
bordados de rosicler,
por do se puede entrever
el trono deslumbrador
de donde lanza el Creador
el rayo de su poder:

VI

esplendente claridad
de brillo santo y fecundo
que derrama sobre el mundo
fe, esperanza y caridad;
celeste felicidad,
creación gigante que asombra;
Dios, que el diablo no le nombra
sin una oraión bendita;
la luz, la gloria infinita;
y... de repente, la sombra.

VII

La sombra dentro uno mismo;
duda que infunde temor;
en el pecho el torcedor
y en la cabeza el abismo.
Cáncer del escepticismo,
ya no despedaces más
las conciencias en que estás.
El hombre en el mundo errante,
lleva la tumba adelante
y la negra noche atrás.

VIII

¿Qué es esa siniestra esfinge
que no nos deja avanzar?
¿por qué venir a borrar
las dichas que uno se finge?
¿por qué nuestra fe restringe
y aumenta nuestra ansiedad?
¿y por qué en tan corta edad
lucha enorme, duda fiera?...
Primavera, Primavera,
tú no dices la verdad.

IX

En tus promesas divinas
no me hablaste de dolores,
ni de tus pintadas flores
me enseñaste las espinas;
bajo las ondas marinas
hay escollos que temer;
ya tierra no alcanzo a ver
y mi costa no la encuentro,
porque ya estoy mar adentro
y no me puedo volver.

X

Mi fe de niño ¿do está?
me hace falta, la deseo:
batió las alas y creo
que ya nunca volverá;
porque la fe que se va
del fondo del corazón
tiene origen y mansión
en lo profundo del cielo,
y cuando levanta el vuelo
jamás torna a su prisión.

XI

La edad presente es de lucha:
es preciso, pues, luchar;
no se puede descansar
entre el ruido que se escucha;
la vacilación es mucha,
ya está muy crecido el mal;
se consume el ideal;
se va Dios: ¡esto es horrible!
contener es imposible
esa gangrena moral.

XII

¿Y el poeta? El que eso es
puede salvarse; que aliente;
que haga la luz en su mente
y la dé al mundo después;
que de la sombra al través
sople como el huracán;
y que diga a los que están
ya sin vida:"¡levantaos!";
y que redima del caos
la descendencia de Adán.

XIII

Que trenue la profecía
en su palabra de fuego;
que cual sacrosanto riego
esparza la poesía;
que en la miel de la armonía
dé el filtro de la verdad
que muestre a la humanidad
lo luminoso y lo santo;
y que se escuche su canto
por toda la eternidad.

XIV

Aquí en este libro tengo
dichas que me satisfacen,
dolores que me deshacen,
ilusiones que mantengo.
Ignoro de dónde vengo
ni a dónde voy a parar;
he empezado a navegar
ignota playa buscando,
y voy bogando, bogando
sobre las aguas del mar.

XV

No sólo hay dicha ideal
en este largo camino,
no sólo frescor marino
y caricias del terral;
turban la onda de cristal
vagos soplos de perfidia:
tras el escollo la insidia,
e hipócrita el odio oculto,
hace saltar del tumulto
las espumas de la envidia.

XVI

La burla se ceba
en los de buen corazón;
hay para la inspiración
rudos momentos de prueba;
hay quien hiel amarga beba
sin dejarlo conocer.
¿Ponzoñas? hay por doquier:
la lengua de un cortesano,
la falsía de un villano
y el amor de una mujer.

XVII

¡Lloriqueos en el cántico,
salmodias y triste queja!
Esto conocer os deja
que es algún vate romántico,
de mucha imaginación,
el que os hará gracia con
las coplas de su talento...
Señores, ¿sabéis el cuento
del gaitero de Gijón?

XVIII

Muy bien. Es el caso, digo,
que ya es preciso variar,
y es preciso se mostrar
al enemigo, enemigo;
darle con rostro de amigo
muchas flores, mucha miel;
y dentro de eso, la hiel
ponzoñosa; y ya embriagado,
traer el cuchillo afilado
para arrancarle la piel.

XIX

Al par que ser sacerdote
es urgente ser verdugo;
imponer un férreo yugo
y con el yugo el azote;
hacer que del arpa brote
la sátira en la canción,
y demostrar con razón
al enjambre mundanal
que si hacemos el panal
tenemos el aguijón.

XX

Niña de los ojos negros,
niña, no te desconsueles;
mis más deleitosas miles
son para tus labios rojos;
soy siervo de tus antojos,
y para ti ha de cantar
con acento singular
tu poeta enamorado...
Pero, niña, ten cuidado,
no me vayas a engañar.

XXI

Si en algunos de mis versos
hay versos envenenados,
seguid, lectores honrados,
que son para los perversos.
Yo tengo tonos diversos
en las cuerdas de mi lira;hay en mis canciones ira
y son mis frases puñales
para ruines y desleales,
para el dolo y la mentira.

XXII

Mas también tengo un laúd
de suave y tierna dulzura
para cantar la hermosura,
la nobleza y la virtud;
me da alas mi juventud,
tengo fe en el porvenir,
y contemplo relucir
mis brillantes ilusiones
cual bellas constelaciones
en un cielo de zafir.

XXIII

Ya habéis visto la portada
de mi mansión, entrad pues...
De blanco tul a través
me ríe la madrugada:
pienso en Dios, pienso en mi amada;
miro la inmensa extensión
del cielo; dulce impresión
embarga mi pensamiento.
¡Y después de todo, siento
que algo hay en mi corazón!

[1883-1885]

en Epístolas y poemas.

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