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Mostrando las entradas etiquetadas como Evaristo Carriego

El guapo - Evaristo Carriego

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El guapo - Evaristo Carriego


A la memoria de San Juan Moreira.
Muy devotamente.

El barrio le admira. Cultor del coraje,
conquistó, a la larga, renombre de osado,
se impuso en cien riñas entre el compadraje
y de las prisiones salió consagrado.

Conoce sus triunfos y ni aún le inquieta
la gloria de otros, de muchos temida,
pues todo el Palermo de acción le respeta
y acata su fama, jamás desmentida.

Le cruzan el rostro, de estigmas violentos,
hondas cicatrices, y quizás le halaga
llevar imborrables adornos sangrientos:
caprichos de hembra que tuvo la daga.

La esquina o el patio, de alegres reuniones,
le oye contar hechos, que nadie le niega:
¡Con una guitarra de altivas canciones
él es Juan Moreira, y él es Santos Vega!

Con ese sombrero que inclinó a los ojos,
¡Con una guitarra de altivas canciones
cantando aventuras, de relatos rojos,
parece un poeta que fuese bandido!

Las mozas más lindas del baile orillero
para él no se muestran esquivas y hurañas,
tal vez orgullosas de ese compañero
que tiene aureolas de…

En su álbum - Evaristo Carriego

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En su álbum - Evaristo Carriego


Si de estas cuerdas mías, de tonos más que rudos,
te resultasen ásperos sus rendidos saludos,
y quieres blandos ritmos de credos idealistas,
aguarda delicados poemas modernistas
que alabarán en oro tus posibles desdenes,
coronando de antorchas tan olímpicas sienes,
devotos de la blanca lis de tu aristocracia,
con que ilustro los rojos claveles de mi audacia,
o espera, seductora, decadentes orfebres
que graben tus blasones en sus creadoras fiebres:
Yo trabajo el acero de temples soberanos:
los sonantes cristales se rompen en mis manos.

Palmera brasileña, que al caminante herido
ofrendarás tus dátiles de Pasión y de Olvido,
en el Desierto Único: tú eres la apoteosis
que nimbando de incendios sus fecundas neurosis,
cruzas por los vaivenes de sus hondos desvelos
como si fueras Luna de sus noches de duelos.
Yo traigo a tu floresta la Alondra moribunda
que, en el violín del Bosque, preludió la errabundo
sinfonía terrena de aquel Ardor eterno
que ahuyenta suavemente las aves del In…

La apostasía de Andresillo - Evaristo Carriego

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 La apostasía de Andresillo - Evaristo Carriego


 I

Pues, aquí estoy señores. Pues yo soy Andresillo,
¿No recuerdan ustedes? Yo soy aquel chiquillo
a quien el gran Quijote librara cierto día
porque ahí encajaba bien su caballería
de la nube de palos, que mi amo, furioso,
sobre mí descargaba ferozmente donoso.
Al pobre señor loco le hice una ruin ofensa,
maldiciendo, más tarde, su gallarda defensa,
dejándole mohíno, cabizbajo y corrido.
(Sé que fui un mentecato). Después, arrepentido,
al correr de los años, comprendiendo la humana
obra que yo pagase con acción tan villana,
deseoso de la gracia del noble caballero,
sobre su incierto rumbo interrogué al ventero
y el muy bellaco, riendo, me relató su muerte
(Desde entonces empieza lo malo de mi suerte).

II

Así, olvidando algunas de las cerriles mañas,
vine a ser otro andante, soñador de fazañas
inauditas y fieras, en lides peligrosas
que los encantamientos no hacen siempre sabrosas.
Porque ya se mostraba cansado de su dueño
al flaco Rocina…

La muerte del cisne - Evaristo Carriego

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La muerte del cisne - Evaristo Carriego




En un largo alarido de tristeza
los heraldos, sombríos, la anunciaron,
y las faunas errantes se aprontaron
a dejar el amor de la aspereza.

Con el Genio del bosque a la cabeza,
una noche y un día galoparon,
y cual corceles épicos llegaron
en un tropel de bárbara grandeza.

Y ahí están. Ya salvajes emociones,
rugen coros de líricos leones
cuando allá en los remansos de lo Inerte,

como surgiendo de una pesadilla,
¡Grazna un ganso alejado de la orilla
la bondad provechosa de la Muerte!

Por el alma de Don Quijote - Evaristo Carriego

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Por el alma de Don Quijote - Evaristo Carriego


Con el más reposado y humilde continente,
de contrición sincera, suave, discretamente,
por no incurrir en burlas de ingeniosos normales,
sin risueños enojos ni actitudes teatrales
de cómico rebelde, que, cenando en comparsa,
ensaya el llanto trágico que llorará en la farsa,
dedico estos sermones, porque sí, porque quiero,
al único, al Supremo Famoso Caballero,
a quien pido que siempre me tenga de su mano,
al santo de los santos Don Alonso Quijano
que ahora está en la Gloria, y a la diestra del Bueno:
su dulcísimo hermano Jesús el Nazareno,
con las desilusiones de sus caballerías
renegando de todas nuestras bellaquerías.

Pero me estoy temiendo que venga algún chistoso
con sátiras amables de burlador donoso,
o con mordacidades de socarrón hiriente,
y descubra, tan grave como irónicamente,
a la sandez de Sancho se la llama ironía,
que mi amor al Maestro se convierte en manía.
Porque así van las cosas, la más simple creencia
requiere el visto…

A Carlos de Soussens - Evaristo Carriego

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A Carlos de Soussens - Evaristo Carriego


Caballero de Friburgo, de un castillo de aventuras
cuyas águilas audaces remontaron el Ideal,
soñadoras de los nidos de las líricas futuras,
la pupila al Sol abierta, coronando las alturas,
en el vuelo de armonías de una musa: la orquestal.
Visionario de un ensueño que inspiró un vino divino,
melancólicas vendimias de las uvas de tu Abril
tú también tendrás un Murget, y verá el Barrio Latino
perpetuarse tu bohemia, milagroso peregrino,
compañero de prisiones en la Torre de marfil

Que se cumpla, por tu gloria, la promesa de Darío,
al decirte de una estatua sobre firme pedestal,
que relinchen tus corceles los clarines de su brío,
que la virgen del sudario no desole con su frío
el jardín de poesía de un eterno Floreal.

En las misas de tu credo, más cordiales, más inquietas,
que te canten y consagren fugitivo de Verlaine,
que te nombren compasivas las Mimís y las Musetas,
y relaten conmovidos sus pintores y poetas
cuando entrabas predicando por tu azul Jerusalén

Que tu…

El alma del suburbio - Evaristo Carriego

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El alma del suburbio - Evaristo Carriego


El gringo musicante ya desafina
en la suave habanera provocadora,
cuando se anuncia a voces, desde la esquina
"el boletín famoso de última hora".

Entre la algarabía del conventillo,
esquivando empujones pasa ligero,
pues trae noticias, uno que otro chiquillo
divulgando las nuevas del pregonero.

En medio de la rueda de los marchantes,
el heraldo gangoso vende sus hojas
donde sangran los sueltos espeluznantes
de las acostumbradas crónicas rojas.

Las comadres del barrio, juntas, comentan
y hacen filosofía sobre el destino
mientras los testarudos hombres intentan
defender al amante que fue asesino.

La cantina desborda de parroquianos,
y como las trucadas van empezarse,
la mugrienta baraja cruje en las manos
que dejaron las copas que han de jugarse.

Contestando las muchas insinuaciones
de los del grupo, el héroe del homicidio
de que fueron culpables las elecciones,
narra sus aventuras en el presidio.

En la calle, la buena gente derrocha
sus guarangos decires más l…

El clavel - Evaristo Carriego

El clavel - Evaristo Carriego Fue al surgir de una duda insinuativa,
cuando hirió tu severa aristocracia,
como un símbolo rojo de mi audacia,
un clavel que tu mano no cultiva. Quizás hubo una frase sugestiva,
o viera una intención tu perspicacia,
pues tu serenidad llena de gracia
fingió una rebelión despreciativa. Y así, en tu vanidad, por la impaciente
condena de un orgullo intransigente,
mi rojo heraldo de amatorios credos mereció, por su símbolo atrevido,
como un apóstol o como un bandido,
la guillotina de tus nobles dedos.

El amasijo - Evaristo Carriego

Dejó de castigarla, por fin cansado
de repetir el diario brutal ultraje,
que habrá de contar luego, felicitado,
en la rueda insolente del compadraje. Hoy, como ayer, la causa del amasijo
es, acaso, la misma que le obligara
hace poco, a imponerse con un barbijo
que enrojeció un recuerdo sobre la cara. Y se alejó escupiendo, rudo, insultante,
los vocablos más torpes del caló hediondo
que como una asquerosa náusea incesante
vomita la cloaca del bajo fondo. En el cafetín crece la algarabía,
pues se está discutiendo lo sucedido,
y, contestando a todos, alguien porfía
que ese derecho tiene sólo el marido Y en tanto que la pobre golpeada intenta
ocultar su sombría vergüenza huraña,
oye, desde su cuarto, que se comenta
como siempre en risueño coro la hazaña. Y se cura llorando los moretones
lacras de dolor sobre su cuerpo enclenque
¡Que para eso tiene resignaciones
el animal que agoniza bajo el rebenque! Mientras escucha sola, desesperada,
cómo gritan las otras rudas y tercas,
gozando de su b…

El alma del suburbio - Evaristo Carriego

El alma del suburbio - Evaristo Carriego El gringo musicante ya desafina
en la suave habanera provocadora,
cuando se anuncia a voces, desde la esquina
"el boletín famoso de última hora". Entre la algarabía del conventillo,
esquivando empujones pasa ligero,
pues trae noticias, uno que otro chiquillo
divulgando las nuevas del pregonero. En medio de la rueda de los marchantes,
el heraldo gangoso vende sus hojas
donde sangran los sueltos espeluznantes
de las acostumbradas crónicas rojas. Las comadres del barrio, juntas, comentan
y hacen filosofía sobre el destino
mientras los testarudos hombres intentan
defender al amante que fue asesino. La cantina desborda de parroquianos,
y como las trucadas van empezarse,
la mugrienta baraja cruje en las manos
que dejaron las copas que han de jugarse. Contestando las muchas insinuaciones
de los del grupo, el héroe del homicidio
de que fueron culpables las elecciones,
narra sus aventuras en el presidio. En la calle, la buena gente derrocha
su…

Bajo la angustia - Evaristo Carriego

Bajo la angustia - Evaristo Carriego

Dijo anoche, su canto de muerte
la canción de la tos en tu pecho,
y, al mojarse en las notas rojizas,
mostró flores de sangre el pañuelo.

¡Pobrecitas las carnes pacientes,
consumidas por fiebres de fuego,
para ellas las buenas, las tristes,
tiene un blanco sudario el invierno!

Mira: abrígate bien, hermanita,
mira, abrígate bien, yo no quiero
ver que cierre tus ojos la Bruja
de los flacos y frígidos dedos

Hermanita, ¡Me viene una pena!
Si te escucho gemir, que presiento
las nocturnas postreras heladas:
las temidas del árbol enfermo.

¡Si supieras! Blandones sombríos,
me parecen tus ojos ¡Tan negros!,
Y tu lívida faz taciturna
un fatídico heraldo de duelo.

¡Si supieras! A ratos me asaltan
tus visiones sangrientas. No duermo
al pensar, siempre alerta el oído,
que te pasas la noche tosiendo

Al pensar en tu vida deshecha,
cuando miro esfumarse en mi ensueño
tus nerviosos esguinces cansados,
y moverse y cruzar tu esqueleto.

¡Hermanita: hace frío, ya es ho…

La costurerita que dio aquel mal paso - Evaristo Carriego

La costurerita que dio aquel mal paso - Evaristo Carriego La costurerita que dio aquel mal paso
y lo peor de todo, sin necesidad
con el sinvergüenza que no la hizo caso
después según dicen en la vecindad se fue hace dos días. Ya no era posible
fingir por más tiempo. Daba compasión
verla aguantar esa maldad insufrible
de las compañeras, ¡Tan sin corazón! Aunque a nada llevan las conversaciones,
en el barrio corren mil suposiciones
y hasta en algo grave se llega a creer. ¡Qué cara tenía la costurerita,
qué ojos más extraños, esa tardecita
que dejó la casa para no volver!