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Mostrando las entradas etiquetadas como Rubén Darío

El poeta a las Musas - Rubén Darío

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Tengo de preguntaros ¡oh divinas
Musas! si el plectro humilde que meneo
mejor produzca los marciales himnos,
y dé armonía al cántico guerrero;o de natura los preciados dones
ensalce al són de candenciosos versos,
o en églogas armónicas repita
de Títiro el cantar y Melibeo.Decidme, sacras Musas, si el contorno
trágico calce de grandioso fuego
henchido el corazón;o si la trompa
que puede producir los cantos épicosempuñe osado; o si la ebúrnea lira
vagos intenten dominar mis dedos
para cuajar el aire de armonías
dulces como las mieles del Himero.

Introducción a Epístolas y Poemas - Rubén Darío

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Escrito hacia 1885, Espístolas y poemas es el primer libro de Rubén Darío. Su publicación, aunque en una crónica publicada el 15 de abril de 1885 en la Revista Latino-Americana (ver facsímil) Darío apunta "está imprimiéndose un volumen de versos de un humilde servidor de ustedes", se vería realizada sólo tres años más tarde, en 1888, por los talleres de la Tipografía Nacional de Managuas bajo el título de Primeras notas.Para entonces, Darío había escrito los relatos ya compartidos en este sitio A orillas del Rhin y Las albóndigas del Coronel".En esta entrega, compartimos la Introducción a Epístolas y Poemas y, en sucesivas entradas, iremos compartiendo los otros poemas que forman parte de la obra.

El velo de la Reina Mab - Rubén Darío

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La reina Mab[1], en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo de sol, se coló por la ventana de una buhardilla donde estaban cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos desdichados.Por aquel tiempo, las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas del comercio; a otros unas espigas maravillosas que al desgranarlas colmaban las trojes de riqueza; a otros unos cristales que hacían ver en el riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a quiénes cabelleras espesas y músculos de Goliat, y mazas enormes para machacar el hierro encendido; y a quiénes talones fuertes y piernas ágiles para montar en las rápidas caballerías que se beben el viento y que tienen las crines en la carrera.

En Chile - Rubén Darío

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[Álbum porteño]En busca de cuadrosSin pinceles, sin paleta, sin papel, sin lápiz, Ricardo, poeta lírico incorregible, huyendo de las agitaciones y turbulencias, de las máquinas y de los fardos, del ruido monónotono de los tranvías y el chocar de los caballos con su repiqueteo de caracoles sobre las piedras; del tropel de los comerciantes, del grito de los vendedores de diarios; del incesante bullicio e inacabable hervor de este puerte; en busca de impresiones y de cuadros, subió al Cerro Alegre, que, gallardo como una gran roca florecida, luce sus flancos verdes, sus montículos coronados de casas risueñas escalonadas en la altura, rodeadas de jardines, con ondeantes cortinadas de enredaderas, jaulas de pájaros, jarras de flores, rejas vistosas y niños rubios de caras angélicas.

El palacio del sol - Rubén Darío

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A vosotras, madres de las muchachas anémicas, va esta historia, la historia de Berta, la niña de los ojos color de aceituna, fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul.Ya veréis, sanas y respetables señoras, que hay algo mejor que el arsénico y el fierro para encender la púrpura de las lindas mejillas virginales; y que es preciso abrir la puerta de su jaula a vuestras avecitas encantadoras, sobre todo cuando llega el tiempo de la primavera y hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de sol abejean en los jardines, como un enjambre de oro sobre las rosas entreabiertas.*

El fardo - Rubén Darío

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Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro candente. Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardas pasaban de un punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas dando aquí y allá sus vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes, los jornaleros se encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del muelle, y el húmedo viento salado que sopla de mar afuera a la hora en que la noche sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.*Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un carretón, y que, aunque cojín cojeando, había trabajado todo el día, estaba sentado en una piedra, y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.

Bouquet - Rubén Darío

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La linda Stela, en la frescura de sus quince abriles, pícara y risueña, huelga por el jardín acompañada de una caterva bulliciosa.Se oye entre las verduras y los follajes trisca y algazara. Querubines de tres, de cuatro, de cinco años, chillan aturden y cortan ramos florecidos. Suena en el jardín como un tropel de mariposas o una alegre bandada de gorriones.De pronto se dispersan. Cada chiquilla busca su regazo. Stela da a cada cual un dulce y una caricia; besa a su madre, y luego viene a mostrarme, toda encendida y agitada, el manojo de flores que ha cogido.Sentada cerca de mi, tiene en las faldas una confusión de pétalos y de hojas. Allí hay un pedazo de iris hecho trizas. Es una muchedumbre de colores y una dulce mezcla de perfumes.

El pájaro azul - Rubén Darío

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París es teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al café Plombier, buenos y decididos muchachos - pintores, escultores, poetas - sí, ¡todos buscando el viejo laurel verde! ninguno más querido que aquel pobre Garcín, triste casi siempre, buen bebedor de ajenjo, soñador que nunca se emborrachaba, y, como bohemio intachable, bravo improvisador.En el cuartucho destartalado de nuestras alegres reuniones, guardaba el yeso de las paredes, entre los esbozos y rasgos de futuros Clays, versos, estrofas enteras escritas en la letra echada y gruesa de nuestro amado pájaro azul.El pájaro azul era el pobre Garcín. ¿No sabéis por qué se llamada así? Nosotros le bautizamos con ese nombre.Ello no fue un simple capricho. Aquel excelente muchacho tenía el vino triste. Cuando le preguntábamos por qué cuando todos reíamos como insensatos o como chicuelos, él arrugaba el ceño y miraba fijamente el cielo raso, nos respondía sonriendo con cierta amargura...—Camaradas: habéis de saber que tengo un…

La historia de un picaflor. Cuento Invernal - Rubén Darío

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...¡Ah!. sí, mi amable señorita. Tal como usted lo oye; tras un jarrón de paulonias y a eso de ponerse el sol. Garlaban como niños vivarachos, no se daban punto de reposo yendo y viniendo de un álamo vecino a una higuera deshojada y escueta, que está más allá de donde usted ve aquel reosalito, un poco más allá.¿Que quiere usted saber la manera, el cómo y el porqué entendemos esas cosas los poetas?... Fácil cuestión.Ya lo sabrá usted después que le refiera eso, eso que le ha infundido ligeras dudas, y que pasó tal como lo cuento; una cosa muy sencilla: la confidencia de un ave bajo el limpio cielo azul.Hacía frío. La cordillera estaba de novia, con su inmensa corona blanca y su velo de bruma; soplaba un airecito que calaba hasta los huesos; en las calles se oía ruido de caballos piafando, de coches, de pitos, de rapaces pregoneros que venden periódicos, de transeúntes; ruido de gran ciudad; y pasaban haciendo resonar los adoquines y las aceras, con los trabajadores de toscos zapatones,…

Mis primeros versos - Rubén Darío

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Tenía yo catorce años y estudiaba humanidades.Un día sentí unos deseos rabiosos de hacer versos, y de enviarselos a una muchacha muy linda, que se había permitido darme calabazas.Me encerré en mi cuarto, y allí en la soledad, después de inauditos esfuerzos, condensé como pude, en unas cuantas estrofas, todas las amarguras de mi alma.Cuando ví, en una cuartilla de papel, aquellos regloncitos cortos tan simpáticos; cuando los leí en alta voz y consideré que mi cacumen los había producido, se apoderó de mi una sensación deliciosa de vanidad y orgullo.Inmediatamente pensé en publicarlos en La Calavera, único periódico que entoces había, y se los envié al redactor, bajo una cubierta y sin firma.

Las albóndigas del coronel. Tradición nicaragüense - Rubén Darío

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Cuando y cuando que se me antoja he de escribir lo que me dé mi real gana; porque a mí nadie me manda, y es muy mía mi cabeza y muy mías mis manos. Y no lo digo porque se me quiera dar de atrevido por meterme a espigar en el fertilísimo campo del maestro Ricardo Palma; ni lo digo tampoco porque espere pullas del maestro Ricardo Contreras. Lo digo sólo porque soy seguidor de la Ciencia del buen Ricardo. Y el que quiera saber cuál es, busque el libro; que yo no he de irla enseñando así no más, después que me costó trabajillo el aprenderla. Todas estas advertencias se encierran en dos; conviene a saber: que por escribir tradiciones no se paga alcabala; y que el que quiera leerme que me lea; y el que no, no; pues yo no me he de disgustar con nadie porque tome mis escritos y envuelva en ellos un pedazo de salchichón. ¡Conque a Contreras, que me ha dicho hasta loco, no le guardo inquina! Vamos, pues, a que voy a comenzar la narración siguiente:

A orillas del Rhin - Rubén Darío

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A las orillas del Rhin, bajo el brumoso cielo de Alemania, existen aún las ruinas de un viejo castillo feudal. Unas cuantas paredes grietosas han quedado de los macizos torreones; ahí está el foso también cerrado, y aún se advierten vestigios de la ventana por donde salió la linda Marta de los ojos azules.¡Ah!, ésta es una historia muy bonita. Estáme atenta, Adela, tú que eres tan amiga de los cuentos preciosos; sobre todo de aquellos en que resplandece el amor y refrescan el espíritu con la dulzura de sus encantos.*El blasón del caballero Armando luce una mano de hierro y un castillo en campo de azur; la razón de esto es que, andando de caza el rey Othón cabalgando en un briosísimo potro, desbocósele la caballería y en carrera veloz llevólo hasta la orilla de un precipicio, y habría seguramente perecido el monarca si el brazo nervudo del caballero Armando, que a buena sazón cercano se encontraba, no le da apoyo dominando al bruto y sacando al poderoso señor del peligro de una muerte …

Primera impresión - Rubén Darío

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Yo caminaba por este mundo con el alma virgen de toda ilusión.Era un niño que ni siquiera sospechaba existiera el amor.Oía a mis compañeros contar sus conquistas amorosas, pero jamás prestaba impresión a lo que decían y no comprendía nada.Nunca mi corazón había palpitado amorosamente. Jamás mujer alguna había conmovido mi corazón, y mi existencia se deslizaba suavemente como cristalino arroyuelo en verde y florida pradera, sin que ninguna contrariedad viniera a turbar la tranquilidad de que gozaba.Mi dicha se cifraba en el cariño de mi madre; cariño desinteresado, puro como el amor divino.¡Ah, no hay amor que pueda semejarse al amor de una madre!

EL "CONDE DE LAUTREAMONT" - Rubén Darío

EL "CONDE DE LAUTREAMONT"

SU NOMBRE verdadero se ignora. El Conde de Lautréamont es seudónimo. El se dice montevideano; pero ¿quién sa­be nada de la verdad de esa vida sombría, pesadilla tal vez de algún triste ángel a quien martiriza en el empíreo en recuerdo del celeste Lucifer? Vivió desventurado y murió loco. Escribió un libro que sería único si no exis­tiesen las prosas de Rimbaud; un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso; un libro en que se oyen a un tiempo mismo los gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la Locura.

León Bloy fue el verdadero descubridor del Conde de Lautréamont. El furioso San Juan de Dios hizo ver co­mo llenas de luz las llagas del alma del Job blasfemo. Mas hoy mismo, en Francia y Bélgica, fuera de un redu­cidísimo grupo de iniciados, nadie conoce ese poema que se llama Cantos de Maldoror, en el cual está vaciada la pavorosa angustia del infeliz y sublime montevideano; cuya obra me tocó hacer conocer a Am…

Edgar Allan Poe - por Rubén Darío

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EDGAR ALLAN POE

EN UNA MAÑANA fría y húmeda llegué por primera vez al inmenso país de los Estados Unidos. Iba el steamer despacio, y la sirena aullaba roncamente por temor de un choque. Quedaba atrás Fire Island con su erecto faro; estábamos frente a Sandy Hook, de donde nos salió al paso el barco de sanidad. El ladrante slang yanqui sonaba por todas partes, bajo el pabellón de bandas y estrellas. El viento frío, los pitos arromadizados, el hu­mo de las chimeneas, el movimiento de las máquinas, las mismas ondas ventrudas de aquel mar estañado, el va­por que caminaba rumbo a la gran bahía, todo decía: all right! Entre las brumas se divisaban islas y barcos. Long Island desarrollaba la inmensa cinta de sus costas, y Sta-ten Island, como en el marco de una viñeta, se presenta­ba en su hermosura, tentando al lápiz, ya que no, por la falta de sol, la máquina fotográfica. Sobre cubierta se agrupan los pasajeros: el comerciante de gruesa panza, congestionado como un pavo, con en…